martes, 2 de octubre de 2012

El sabio silencio de la aurora.


Cuando tus intrigantes ojos 
caminan  por mi carne
la reaniman,
y desgarran mis aislamientos y desasosiegos,
disipándolos en partículas níveas
que se pierden en el agua tibia
bajo tus pies.

Con sabiduría humilde y loable
revelas los símbolos y bocetos ocultos,
que navegan enérgicos  
en la sangre de inmortales versos,
trazados en las planicies y curvaturas de mi cuerpo.

La miel de tus ojos pincela mi piel,
y sin reparar en la marcha del tiempo
con prudencia y decisión te pierdes
en mis paisajes extensos y fragantes
te enraizas en mi ser.

Me encuentras
sin prisa,
en el centellante color de cada letra,
en la algarabía del ocaso
y en el sabio silencio de la aurora.

Soy el corazón  palpitante de la llama poderosa
que surge ardiente y segura
del grueso leño retorcido
que alimenta el fuego en tus inviernos.

Soy el sol que besa tu piel en los veranos
ansiando libar su sal y sus misterios,
soy la brisa que enreda tus rebeldes rizos 
y se embriaga con el néctar dulce de tu boca húmeda.

Me convierto en la sombra trémula
que  fiel e inseparable te sigue
en tu caminar por callejuelas  sombrías. 

Viajo en transparentes gotas de lluvia
que aterrizan en tu gabán envejecido
alisando sus arrugas
y desprendiendo motas  
que te mortifican siempre.

Desde que el sol muere en tu puerta
hasta que surge la mañana fértil ,
cubro con mi piel tu cuerpo
y  velo con fervor tu sueño,
evitando con mi abrigo
que te rose el viento que silba 
por entre las múltiples grietas 
de la pared y el techo.

En las  mañanas me puedes ver 
acurrucada en las nubes amarillas rojizas 
que habitualmente admiras
desde la amplia puerta ventana de tu casa,
mientras sorbes el café humeante 
donde he dejado mi aroma.

Si alertas tu oído
escucharas mi voz persistente que te llama,
convertida en el rítmico aleteo 
de la diminuta mariposa azul,
que surca con lisura el jardín inmenso 
donde rosas revestidas de escarcha
abren sus frescas corolas al sol,
enmudeciendo tu alma
y llenándote de luz y vida. 

POR: ANA MARIA DELGADO P

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